CERREMOS FILAS COMO UN EJÉRCITO EN ORDEN DE BATALLA, UNA BATALLA DE PAZ Y ALEGRÍA.








OREMUS PRO BEATISIMO PAPA FRANCISCUS.

OREMUS PRO BEATISIMO PAPA FRANCISCUS DOMINUS CONSERVET EUM, ET VIVÍFICET EUM, ET BEATUM FACIAT EUM IN TERRA, ET NON TRADAT EUM IN ANIMAM INIMICORUM EIUS. (Enchiridion Indulgentiarum) "Diariamente ha de ocupar un lugar de primer orden en nuestras oraciones la persona del Romano Pontífice, su tarea en servicio de la Iglesia universal, la ayuda que le pestan sus colaboradores más inmediatos... porque es abrumador el peso que, con solicitud paterna, ha de llevar sobre sí el Vicario de Cristo: si onsideramos en la presencia de Dios, si advetimos -no es dificil, al conocer comentarios de la prensa laicista, de otros medios de comunicación, etc.- la resistencia conque le combaten los enemigos de la fe; si conocemos la presión de los que abominan del afán apostólico de los cristianos y se oponen a la tarea evangelizadora que impulsa constantemente el Papa, pediremos fervientemente al Señor que conserve al Romano Pontífice, que lo vivifique con su aliento divino, que lo haga santo y lo llene de sus dones, que lo proteja de modo especialísimo" (Francisco Fernández Carbajal: Hablar con Dios, Tomo III, Ediciones Palabra, Madrid 1988, p. 380)
PAPA EMÉRITO BENEDICTUS XVI Joseph Ratzinger 19.IV.2005 - 28.II.2013

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Recoleta, Capital Federal, Argentina
Historiador. Profesor Titular de Historia de la Cultura y del Derecho en el Seminario de Historia del Derecho del Doctorado en Ciencias Jurídicas y en la Carrera de Abogacía en la Pontificia Universidad Católica Argentina y Profesor Titular de Historia Constitucional Argentina en la UCALP:
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sábado, 21 de marzo de 2009

VIAJE APOSTÓLICO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI A CAMERÙN Y ANGOLA (17-23 de marzo de 2009).




VIAJE APOSTÓLICO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI A CAMERÙN Y ANGOLA (17-23 de marzo de 2009).,



CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA CON OCASIÓN DE LA PUBLICACIÓN DEL INSTRUMENTUM LABORIS.




HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Estadio Amadou Ahidjo de Yaundé
Jueves 19 de marzo de 2009



Queridos Hermanos en el Episcopado,
Queridos hermanos y hermanas:

Alabado sea Jesucristo que nos reúne hoy en este estadio, para que ahondemos más profundamente en su vida.

Jesucristo nos reúne en el día en que la Iglesia, aquí en Camerún, como en toda la tierra, celebra la fiesta de San José, esposo de la Virgen María. Empiezo deseando feliz fiesta a todos los que, como yo, han recibido la gracia de llevar este hermoso nombre, y pido a san José que les conceda una protección especial, guiándoles todos los días de su vida hacia Jesucristo Nuestro Señor. Saludo también a las parroquias, escuelas y colegios, a las instituciones que llevan el nombre de san José. Agradezco a Mons. Tonyé Bakot, Arzobispo de Yaundé, por sus amables palabras y dirijo un cordial saludo a los representantes de las Conferencias Episcopales de África, venidos a Yaundé con ocasión de la publicación del Instrumentum laboris de la Segunda Asamblea Especial para África del Sínodo de Obispos.

¿Cómo podemos adentrarnos en la gracia específica de este día? Dentro de poco, al final de la misa, la liturgia nos mostrará el punto culminante de nuestra meditación, cuando diremos: «Señor, protege sin cesar a esta familia tuya, que ha celebrado con gozo la festividad de san José participando en la eucaristía; y conserva en ella los dones que con tanta bondad le concedes». Como veis, pedimos al Señor que proteja sin cesar a la Iglesia –y lo hace– exactamente como José protegió a su familia y veló durante los primeros años sobre el Niño Jesús.

Nos lo acaba de recordar el Evangelio. El Ángel le había dicho: «No tengas reparo en llevarte a María, tu mujer» (Mt 1,20); y es exactamente lo que hizo: «hizo lo que le había mandado el Ángel del Señor» (Mt 1,24). ¿Por qué motivo señala San Mateo la fidelidad a las palabras recibidas del mensajero de Dios, sino es para invitarnos a imitar esa fidelidad llena de amor?

La primera lectura que acabamos de escuchar no habla explícitamente de san José, pero nos enseña muchas cosas de él. El profeta Natán se acerca a David, por orden del Señor mismo, para decirle: «Estableceré después de ti a un descendiente tuyo» (2 S 7,12). David tiene que aceptar morir sin ver la realización de la promesa que se cumplirá «cuando haya llegado al término de su vida» y descanse «con sus padres». Así, vemos cómo uno de los deseos más queridos del hombre, el de ser testigo de la fecundidad de su actuación, no siempre es escuchado por Dios. Pienso en aquellos de vosotros que son padres y madres de familia: tienen muy legítimamente el deseo de dar lo mejor de sí mismos a sus hijos y quieren verles triunfar verdaderamente. Sin embargo, no hay que equivocarse en ese triunfo: lo que Dios pide a David, es que confíe en Él. David no verá a su sucesor, «cuyo trono durará por siempre» (2 S 7,16), porque este sucesor anunciado veladamente en la profecía es Jesús. David confía en Dios. Igualmente, José confía en Dios cuando escucha al mensajero, al Ángel, que le dice: «José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo» (Mt 1,20). En la historia, José es el hombre que ha dado a Dios la mayor prueba de confianza, incluso ante un anuncio tan sorprendente.

Y vosotros, queridos padres y queridas madres de familia que me escucháis, ¿confiáis en que Dios os hace padres y madres de sus hijos de adopción? ¿Aceptáis que Él cuente con vosotros para transmitir a vuestros hijos los valores humanos y espirituales que habéis recibido y que les harán vivir en el amor y el respeto de su santo nombre? Hoy, cuando tantas personas sin escrúpulos tratan de imponer el reino del dinero, despreciando a los más necesitados, debéis estar muy atentos. África en general, y Camerún en particular, corren peligro si no reconocen al verdadero Autor de la Vida. Hermanos y hermanas de Camerún y de África, que habéis recibido de Dios tantas cualidades humanas, tened cuidado de vuestras almas. No os dejéis fascinar por falsas glorias y falsos ideales. Creed, sí, seguid creyendo que Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, es el único que os ama como esperáis, que es el único que puede llenaros, que puede dar la estabilidad a vuestras vidas. Cristo es el único camino de Vida.

Sólo Dios podía dar a José la fuerza para confiar en el Ángel. Sólo Dios os dará, queridos hermanos y hermanas que estáis casados, la fuerza para educar a vuestra familia como Él quiere. Pedídselo. A Dios le gusta que se le pida lo que quiere dar. Pedidle la gracia de un amor verdadero y cada vez más fiel, a imagen de su propio amor. Como dice maravillosamente el salmo: «Tu misericordia es un edificio eterno, más que el cielo has afianzado tu fidelidad» (Sal 88,3).

Igual que en otros continentes, la familia pasa efectivamente, en vuestro país y en el resto de África, un período difícil, que superará gracias a su fidelidad a Dios. Algunos valores de la vida tradicional se han trastocado. Las relaciones entre generaciones han evolucionado de tal manera que ya no favorecen como antes la transmisión de los conocimientos antiguos y de la sabiduría heredada de los antepasados. Con demasiada frecuencia, se asiste a un éxodo rural comparable al de otros muchos períodos humanos. La calidad de los vínculos familiares queda profundamente afectada. Desarraigados y frágiles, y frecuentemente, por desgracia, sin un verdadero trabajo, los miembros de las jóvenes generaciones buscan remedios a su malvivir refugiándose en paraísos efímeros y artificiales importados, que sabemos no consiguen nunca asegurar al hombre una felicidad profunda y duradera. A veces, también el hombre africano se ve obligado a huir de sí mismo y a abandonar todo lo que era su riqueza interior. Enfrentado al fenómeno de una urbanización galopante, deja su tierra, física y moralmente, no como Abrahán para responder a la llamada del Señor, sino por una especie de exilio interior que le aparta de su mismo ser, de sus hermanos y hermanas de sangre y de Dios mismo.

¿Se trata de un fatalismo, de una evolución inevitable? Ciertamente no. Más que nunca hemos de «esperar contra toda esperanza» (Rm 4,18). Quiero felicitar aquí con admiración y agradecimiento el importante trabajo llevado a cabo por innumerables asociaciones que alientan la vida de fe y la práctica de la caridad. Merecen un cordial agradecimiento. Que encuentren en la Palabra de Dios nueva fuerza para llevar a cabo sus proyectos al servicio de un desarrollo integral de la persona humana en África, y sobre todo en Camerún.

La principal prioridad será volver a dar sentido a la acogida de la vida como don de Dios. Para la Sagrada Escritura, así como para la mejor sabiduría de vuestro continente, la llegada de un niño es una gracia, una bendición de Dios. La humanidad está hoy invitada a modificar su mirada: en efecto, todo ser humano, por pequeño y pobre que sea, es creado «a imagen y semejanza de Dios» (Gn 1,27). Tiene que vivir. La muerte no ha de prevalecer sobre la vida. Nunca la muerte tendrá la última palabra.

Hijas e hijos de África, no tengáis miedo de creer, de esperar y de amar, no tengáis miedo de decir a Jesús que es el Camino, la Verdad y la Vida, y que sólo por Él podemos ser salvados. San Pablo es el autor inspirado que el Espíritu Santo ha dado a la Iglesia para ser el «maestro de todas las naciones» (1 Tm 2,7), cuando nos dice que Abrahán «esperando contra toda esperanza creyó que sería padre de muchos pueblos, según le había sido prometido: Así será tu descendencia» (Rm 4,18).

«Esperando contra toda esperanza» ¿no es una magnífica definición del cristiano? África está llamada a la esperanza a través de vosotros y en vosotros. Con Jesucristo, que ha pisado la tierra africana, África puede llegar a ser el continente de la esperanza. Todos nosotros somos miembros de los pueblos que Dios ha dado como descendencia a Abrahán. Cada una y cada uno de nosotros ha sido pensado, querido y amado por Dios. Todos y cada uno de nosotros tiene su papel en el plan de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Si os asalta el desánimo, pensad en la fe de José; si os invade la inquietud, pensad en la esperanza de José, descendiente de Abrahán, que esperaba contra toda esperanza; si la desgana o el odio os embarga, pensad en el amor de José, que fue el primer hombre que descubrió el rostro humano de Dios en la persona del Niño, concebido por obra del Espíritu Santo en el seno de la Virgen María. Bendigamos a Cristo por haberse hecho tan cercano a nosotros y démosle gracias por habernos dado a José como ejemplo y modelo de amor a Él.

Queridos hermanos y hermanas, de nuevo os digo de corazón: como José, no tengáis reparo en llevaros a María con vosotros, es decir no tengáis reparo en amar a la Iglesia. María, madre de la Iglesia, os enseñará a seguir a sus pastores, a amar a vuestros obispos, a vuestros sacerdotes, a vuestros diáconos y vuestros catequistas, a cumplir lo que os enseñan y a rezar por sus intenciones. Los que estáis casados, mirad el amor de José a María y a Jesús; los que os preparáis al matrimonio, respetad a vuestro futuro cónyuge como hizo José; los que os habéis consagrado a Dios en el celibato, pensad en la enseñanza de la Iglesia nuestra Madre: «La virginidad y el celibato por el Reino de Dios no sólo no contradicen la dignidad del matrimonio, sino que la presuponen y la confirman. El matrimonio y la virginidad son dos modos de expresar y vivir el único misterio de la Alianza de Dios con su pueblo» (Redemptoris custos, 20).

Quisiera dirigir una exhortación particular a los padres de familia, puesto que san José es su modelo. San José revela el misterio de la paternidad de Dios sobre Cristo y sobre cada uno de nosotros. Él puede enseñarles el secreto de su propia paternidad, él, que custodió al Hijo del Hombre. También cada padre recibe de Dios a sus hijos, creados a imagen y a semejanza de Él. San José fue el esposo de María. A cada padre de familia se le confía igualmente, mediante su propia esposa, el misterio de la mujer. Como San José, queridos padres de familia, respetad y amad a vuestra esposa, y guiad a vuestros hijos hacia Dios, hacia donde deben ir (cf. Lc 2,49), con amor y con vuestra presencia responsable.

Finalmente, a todos los jóvenes que estáis aquí, os dirijo palabras de amistad y de ánimo: ante las dificultades de la vida, sed valientes. Vuestra vida tiene un valor infinito a los ojos de Dios. Dejaos cautivar por Cristo, entregadle gustosamente vuestro amor y, ¿por qué no?, ofrecedle vuestra propia vida en el sacerdocio o la vida consagrada. Es el servicio más grande. A los hijos huérfanos de padre o que viven abandonados en la miseria de la calle, a los que han sido separados violentamente de sus padres, maltratados y sometidos a abusos, y reclutados por la fuerza en ciertos grupos militares que asolan algunos países, quisiera decirles: Dios os ama, no os olvida y san José os protege. Invocadle con confianza.

Que Dios os bendiga y os guarde a todos. Que os conceda la gracia de ir hacia Él con fidelidad. Que dé a vuestras vidas la estabilidad, para alcanzar el fruto que Él espera de vosotros. Que os haga testigos de su amor, aquí, en Camerún, y hasta los confines de la tierra. Le pido fervientemente que os haga gustar la alegría de pertenecerle, ahora y por los siglos de los siglos. Amén.


© Copyright 2009 - Libreria Editrice Vaticana

ENCUENTRO CON LOS REPRESENTANTES DE LA COMUNIDAD MUSULMANA DE CAMERÚN.



SALUDO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Nunciatura Apostólica de Yaundé
Jueves 19 de marzo de 2009



Queridos amigos:

Agradezco la oportunidad que se me brinda de tener este encuentro con los representantes de la comunidad musulmana de Camerún, y quiero expresar igualmente mi cordial agradecimiento al Señor Bello Amadou por las amables palabras de saludo que me ha dirigido en vuestro nombre. Nuestro encuentro es un signo elocuente del deseo, que compartimos con todas las personas de buena voluntad –en Camerún, en África y en todo el mundo–, de buscar ocasiones para intercambiar ideas sobre la contribución esencial que la religión a la comprensión de la cultura y del mundo, y a la coexistencia pacífica de todos los miembros de la familia humana. En Camerún, iniciativas como la Asociación Camerunesa para el Diálogo Interreligioso, muestran cómo dicho diálogo incrementa el entendimiento mutuo y ayuda a la formación de un orden político estable y justo.

Camerún es patria de miles de cristianos y musulmanes, que a menudo viven, trabajan y practican su fe en el mismo ambiente. Los fieles de una y otra religión creen en un Dios único y misericordioso, que en el último día juzgará a la humanidad (cf. Lumen gentium, 16). Unos y otros dan testimonio de los valores fundamentales de la familia, de la responsabilidad social, de la obediencia a la ley de Dios y del amor a los enfermos y a los que sufren. Fundando sus vidas en estas virtudes, y enseñándoselas a los jóvenes, los cristianos y los musulmanes no sólo muestran que se puede fomentar el desarrollo integral de la persona humana, sino también que es posible establecer vínculos de solidaridad con el prójimo, promoviendo el bien común.

Amigos, creo que una tarea particularmente urgente de la religión en el momento actual es desvelar el gran potencial que tiene la razón humana, la cual es en sí misma un don de Dios, y que es elevada por la revelación y por la fe. Creer en Dios, en vez de limitar nuestra capacidad de conocernos a nosotros mismos y al mundo, la amplía. En vez de enemistarnos con el mundo, nos compromete con él. Estamos llamados a ayudar a los demás a que reconozcan las huellas discretas y la presencia misteriosa de Dios en el mundo, que ha sido maravillosamente creado por Él y continua sosteniéndolo con su amor inefable, que todo lo abarca. Aunque su gloria infinita nunca puede ser percibida directamente en esta vida por nuestra mente finita, podemos descubrir, sin embargo, sus reflejos en la hermosura que nos rodea. Cuando los hombres y las mujeres dejan que el orden admirable del mundo y el esplendor de la dignidad humana iluminen su mente, descubren que aquello que es «razonable» va más allá de lo que las matemáticas pueden calcular, lo que la lógica puede deducir, o lo que la experimentación científica puede demostrar; lo «razonable» incluye también la bondad y la intrínseca atracción de una vida honesta y de acuerdo con la ética, que se nos manifiesta a través del lenguaje mismo de la creación.

Esta visión nos mueve a buscar todo lo que es recto y justo, a salir de lo que es el reducido ámbito de nuestro interés egoísta y a actuar buscando el bien de los demás. De este modo, una religión genuina alarga el horizonte de la comprensión humana y está en la base de toda verdadera cultura. Ésta, basada no sólo en principios de fe, sino también en la recta razón, rechaza toda forma de violencia o totalitarismo. En realidad, religión y razón se refuerzan mutuamente, porque la religión se purifica y estructura por la razón, y el pleno potencial de la razón se despliega por la revelación y la fe.

Así pues, os animo, queridos amigos musulmanes, a impregnar la sociedad de los valores que surgen de esta perspectiva y hacen crecer la cultura humana, mientras trabajamos juntos para edificar la civilización del amor. Que la cooperación entusiasta entre musulmanes, católicos y otros cristianos en Camerún sea un faro que ilumine en las otras naciones las grandes posibilidades de un compromiso interreligioso por la paz, la justicia y el bien común.

Con estos sentimientos, quisiera expresar una vez más mi agradecimiento por esta prometedora oportunidad de encontrarme con vosotros durante mi visita a Camerún. Agradezco a Dios Todopoderoso las bendiciones que ha derramado sobre vosotros y sobre vuestros conciudadanos, y le pido que los lazos que unen a cristianos y musulmanes en su profunda veneración al único Dios, sigan reforzándose, para que sean un reflejo más claro de la sabiduría del Omnipotente, que ilumina los corazones de toda la humanidad.


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EL SANTO PADRE BENEDICTO XVI EN LA BASÏLICA MARÍA REINA DE LOS APÓSTOLES EN YAUNDÉ, CAMERÚN.



CELEBRACIÓN DE LAS VÍSPERAS

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
Basílica María Reina de los Apóstoles, barrio de Mvolyé - Yaundé
Miércoles 18 de marzo de 2009



Queridos Hermanos Cardenales y Obispos,
queridos sacerdotes y diáconos,
queridos hermanos y hermanas consagrados,
queridos amigos miembros de otras Confesiones cristianas,
queridos hermanos y hermanas:

Tenemos la alegría de reunirnos para dar gracias a Dios en esta basílica dedicada a María Reina de los Apóstoles, de Mvolyé, construida en el lugar donde fue edificada la primera iglesia levantada por los misioneros Espiritanos venidos para traer la Buena Nueva a Camerún. Así como el ardor apostólico de aquellos hombres abrazaba en su corazón a todo el País, este lugar abarca simbólicamente cada rincón de vuestra tierra. Por eso, esta tarde dirigimos nuestra alabanza al Padre de las luces, queridos hermanos y hermanas, en un ambiente de gran cercanía espiritual con todas las comunidades cristianas en las que ejercéis vuestro servicio.

En presencia de los representantes de las otras Confesiones cristianas, a los que dirijo un saludo respetuoso y fraterno, os propongo contemplar los rasgos característicos de San José a través de las palabras de la Sagrada Escritura que nos ofrece esta liturgia vespertina.

Jesús dijo a la multitud y a sus discípulos: «Uno solo es vuestro Padre» (Mt 23,9). En efecto, no hay más paternidad que la de Dios Padre, el único Creador «de todo lo visible y lo invisible». Pero al hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, se le ha hecho partícipe de la única paternidad de Dios (cf. Ef 3,15). San José muestra esto de manera sorprendente, él que es padre sin ejercer una paternidad carnal. No es el padre biológico de Jesús, del cual sólo Dios es el Padre, y sin embargo, desempeña una plena y completa paternidad. Ser padre es ante todo ser servidor de la vida y del crecimiento. En este sentido, San José ha demostrado una gran dedicación. Por Cristo, ha sufrido la persecución, el exilio y la pobreza que de ello se deriva. Tuvo que establecerse en un lugar distinto de su aldea. Su única recompensa fue la de estar con Cristo. Esta disponibilidad explica las palabras de San Pablo: «Servid a Cristo Señor» (Col 3,24).

No se trata de ser un servidor mediocre, sino un siervo «fiel y juicioso». La unión de estos dos adjetivos no es casual: sugiere que tanto la inteligencia sin lealtad como la fidelidad sin sabiduría son cualidades insuficientes. La una sin la otra no permiten asumir plenamente la responsabilidad que Dios nos confía.

Queridos hermanos sacerdotes, debéis vivir en vuestro ministerio cotidiano esta paternidad. En efecto, la Constitución Conciliar Lumen Gentium subraya: los sacerdotes «han de preocuparse de los fieles que engendraron espiritualmente con el bautismo y la doctrina» (n. 28). Entonces, ¿cómo no volver sin cesar a la raíz de nuestro sacerdocio, el Señor Jesucristo? La relación personal con Él es constitutiva de lo que queremos vivir, la relación con Él, que nos llama sus amigos, pues todo lo que ha aprendido de su Padre, nos lo ha dado a conocer (cf. Jn 15,15). Viviendo esta profunda amistad con Cristo, encontraréis la verdadera libertad y la alegría de vuestro corazón. El sacerdocio ministerial conlleva una honda relación con Cristo que se nos da en la Eucaristía. Que la celebración de la Eucaristía sea verdaderamente el centro de vuestra vida sacerdotal, y así será también el centro de vuestra misión eclesial. En efecto, Cristo nos llama a participar en su misión durante toda nuestra vida, a ser sus testigos, para que se anuncie a todos su Palabra. Al celebrar este sacramento en nombre y en la persona del Señor, no es la persona del sacerdote la que ha de ponerse en primer plano: él es un servidor, un humilde instrumento que señala a Cristo, porque Cristo mismo se ofrece en sacrificio para la salvación del mundo. «El que gobierne, pórtese como el que sirve» (Lc 22,26), dijo Jesús. Y Orígenes ha escrito: «José entiende que Jesús era superior a él mientras le era sumiso, y a sabiendas de la superioridad de su menor, José le mandaba con temor y mesura. Que todos reflexionen: a menudo, una persona de menor valía es colocada por encima de gente mejor que él, y a veces ocurre que el inferior vale más que aquel que parece mandar sobre él. Cuando alguien que ha sido elevado en dignidad comprenda esto, ya no se hinchará de orgullo por su rango más alto, sino que sabrá que su inferior puede ser mejor que él, al igual que Jesús estaba sujeto a José» (Homilía sobre San Lucas, XX, 5, SC p. 287).

Queridos hermanos en el sacerdocio, vuestro ministerio pastoral exige muchas renuncias, pero también es una fuente de alegría. En una relación de confianza con vuestros obispos, fraternamente unidos a todo el presbiterio, y con el apoyo del Pueblo de Dios que se os ha confiado, sabréis responder con fidelidad a la llamada que el Señor os hizo un día, como llamó a José para que cuidara de María y del Niño Jesús. Queridos sacerdotes, que seáis fieles a las promesas que habéis hecho a Dios ante vuestro Obispo y ante la asamblea. El Sucesor de Pedro os agradece vuestro generoso compromiso al servicio de la Iglesia y os alienta a no dejaros turbar por las dificultades del camino. A los jóvenes que se preparan para unirse a vosotros, así a como los que aún tienen inquietudes, quisiera reiterarles esta tarde la alegría que comporta el entregarse totalmente al servicio de Dios y de la Iglesia. Tened la valentía de ofrecer un «sí» generoso a Cristo.

También a vosotros, hermanos y hermanas comprometidos en la vida consagrada o en los movimientos eclesiales, os invito a dirigir la mirada a San José. Cuando María recibió la visita del Ángel en la Anunciación, ella ya estaba prometida con José. Puesto que se dirige personalmente a María, el Señor asocia ya íntimamente a José al misterio de la Encarnación. Él aceptó unirse a esta historia que Dios había comenzado a escribir en el seno de su esposa. Por tanto, tomó consigo a María. Acogió el misterio que había en ella y el misterio que era ella misma. La amó con ese gran respeto que es el sello del amor auténtico. San José nos enseña que se puede amar sin poseer. Al contemplarle, cualquier hombre o mujer, con la gracia de Dios, puede ser llevado a la superación de sus dificultades afectivas, a condición de que entre en el proyecto que Dios ha comenzado a realizar ya en los que están cerca de Él, como José entró en la obra de la redención a través de la figura de María y gracias a lo que Dios ya había hecho en ella. Que vosotros, queridos hermanas y hermanos comprometidos en los movimientos eclesiales estéis atentos a los que os circundan y mostréis el rostro amoroso de Dios a los más humildes, especialmente mediante la práctica de las obras de misericordia, la educación humana y cristiana de la juventud, el servicio de promoción de la mujer y de tantos otros modos.

También es muy significativa e indispensable para la vida de la Iglesia la contribución espiritual de los personas consagradas. Esta llamada a seguir a Cristo es un don para todo el Pueblo de Dios. Con la adhesión a vuestra vocación, imitando a Cristo casto, pobre y obediente, totalmente consagrado a la gloria de su Padre y al amor de sus hermanos y hermanas, tenéis como misión dar testimonio ante nuestro mundo, tan necesitado de ello, de la primacía de Dios y de los bienes futuros (cf. Vita consecrata, n. 85). Con vuestra fidelidad incondicional a vuestros compromisos, sois en la Iglesia un germen de vida que crece al servicio del Reino de Dios. En todo momento, pero de modo particular cuando la fidelidad es sometida a prueba, San José os recuerda el sentido y el valor de vuestros compromisos. La vida consagrada es una imitación radical de Cristo. Por tanto, es necesario que vuestro estilo de vida manifieste con toda claridad lo que os hace vivir y que vuestra actividad no oculte vuestra identidad profunda. No tengáis miedo de vivir plenamente la consagración de vosotros mismos que habéis hecho a Dios, y de testimoniarlo con autenticidad en vuestro entorno. Un ejemplo que impulsa de manera particular a buscar esta santidad de vida es el del Padre Simon Mpeke, llamado Baba Simon. Sabéis cómo «el misionero descalzo» empleó todas las fuerzas de su ser en una humildad desinteresada, con la preocupación de salvar las almas, sin escatimar los desvelos y los esfuerzos del servicio material a sus hermanos.

Queridos hermanos y hermanas, la meditación sobre el itinerario humano y espiritual de San José nos invita a apreciar la magnitud de la riqueza de su vocación y del modelo que él representa para todos los que han querido consagrar su vida a Cristo, tanto en el sacerdocio como en la vida consagrada o en diversas formas de compromiso en el laicado. En efecto, José ha vivido a la luz del misterio de la Encarnación. No sólo con una cercanía física, sino también con la atención del corazón. José nos desvela el secreto de una humanidad que vive en presencia del misterio, abierta a él mediante los detalles más concretos de la existencia. En él no hay separación entre fe y acción. Su fe orienta de manera decisiva su acción. Paradójicamente, es actuando, asumiendo por tanto las propias responsabilidades, como mejor se aparta él, para dejar a Dios la libertad de llevar a cabo su obra, sin interponer obstáculos. José es un «hombre justo» (Mt 1,19), porque su vida está «ajustada» a la Palabra de Dios.

La vida de San José, transcurrida en la obediencia a la Palabra, es un signo elocuente para todos los discípulos de Jesús que aspiran a la unidad de la Iglesia. Su ejemplo nos impulsa a entender que es abandonándose totalmente a la voluntad de Dios como el hombre se convierte en cumplidor eficaz del designio de Dios, que quiere reunir a los hombres en una sola familia, una sola asamblea, una sola ecclesia. Queridos amigos miembros de otras Confesiones cristianas, esta búsqueda de la unidad de los discípulos de Cristo es un gran reto para nosotros. Nos lleva ante todo a convertirnos a la persona de Cristo, a dejarnos atraer por Él. En Él es donde estamos llamados a reconocernos como hermanos, hijos de un mismo Padre. En este año dedicado al Apóstol Pablo, el gran predicador de Jesucristo, el Apóstol de las Naciones, dirijámonos juntos a él para escuchar y aprender «la fe y la verdad», en las que están enraizadas las razones de la unidad entre los discípulos de Cristo.

Para terminar, volvamos la mirada a la esposa de San José, la Virgen María, «Reina de los Apóstoles», advocación bajo la cual es venerada como patrona de Camerún. A ella confío la consagración de todos vosotros, vuestro deseo de responder más fielmente a la llamada que habéis recibido y a la misión que se os ha confiado. Por último, invoco su intercesión por vuestro hermoso País. Amén


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ENCUENTRO CON LOS OBISPOS DE CAMERÚN.








DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Iglesia Cristo Rey de Tsinga - Yaundé
Miércoles 18 de marzo de 2009



Señor cardenal,
queridos hermanos en el Episcopado:

Es una gran alegría para mí este encuentro con los Pastores de la Iglesia católica en Camerún. Agradezco al Presidente de vuestra Conferencia Episcopal, Mons. Simon-Victor Tonyé Bakot, Arzobispo de Yaundé, las amables palabras que me ha dirigido en vuestro nombre. Es la tercera vez que vuestro País acoge al Sucesor de Pedro y, como sabéis, el motivo de mi viaje es ante todo tener una ocasión para encontrarme con los pueblos del querido Continente africano, y también para entregar a los Presidentes de las Conferencias Episcopales el Instrumentum laboris de la Segunda Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para África. Esta mañana, por medio de vosotros, quisiera saludar afectuosamente a todos los fieles encomendados a vuestros cuidados pastorales. Que la gracia y la paz del Señor Jesús sea con todos vosotros, con todas las familias de vuestro grande y hermoso País, con los sacerdotes, religiosos y religiosas, catequistas y cuantos están comprometidos con vosotros en el anuncio del Evangelio.

En este año dedicado a San Pablo, es particularmente oportuno recordar la necesidad urgente de anunciar el Evangelio a todos. Este mandato, que la Iglesia ha recibido de Cristo, sigue siendo una prioridad, porque todavía hay muchas personas aguardando el mensaje de esperanza y de amor que les permita «entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios» (Rm 8,21). Con vosotros, pues, queridos Hermanos, también vuestras comunidades están llamadas a dar testimonio del Evangelio. El Concilio Vaticano II recordó con énfasis que «la actividad misionera dimana íntimamente de la naturaleza misma de la Iglesia» (Ad gentes, n. 6). Para guiar y alentar al Pueblo de Dios en esta tarea, los Pastores, ante todo, deben ser ellos mismos predicadores de la fe para llevar a Cristo nuevos discípulos. Anunciar el Evangelio es propio del Obispo, quien, como San Pablo, puede decir también: «El hecho de predicar no es para mí motivo de soberbia. No tengo más remedio, y ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!» (1 Co 9,16). Los fieles necesitan la palabra de su Obispo, que es el catequista por excelencia, para confirmar y purificar su fe.

Para cumplir esta misión de evangelización y responder a los numerosos desafíos de la vida del mundo de hoy, es indispensable, más allá de las reuniones institucionales, en sí mismas necesarias, una profunda comunión que una a los Pastores de la Iglesia entre sí. La calidad de los trabajos de vuestra Conferencia Episcopal, que reflejan la vida de la Iglesia y la sociedad en Camerún, os permiten buscar juntos respuestas a los múltiples retos que la Iglesia debe afrontar, ofreciendo directrices comunes mediante vuestras cartas pastorales para ayudar a los fieles en su vida eclesial y social. La honda conciencia de la dimensión colegial de vuestro ministerio os debe impulsar a realizar entre vosotros diversos gestos de hermandad sacramental, que van desde la acogida y estima mutua hasta las diferentes iniciativas de caridad y colaboración concreta (cf. Pastores gregis, n. 59). Una cooperación efectiva entre las diócesis, particularmente para una mejor distribución de los sacerdotes en vuestro País, favorecerá las relaciones de solidaridad fraterna con las Iglesias diocesanas más necesitadas, de modo que el anuncio del Evangelio no se resienta por la falta de ministros. Esta solidaridad apostólica ha de extenderse con generosidad a las necesidades de otras Iglesias particulares, especialmente de las de vuestro Continente. Así se mostrará claramente que vuestras comunidades cristianas, a ejemplo de las que os han traído el mensaje del Evangelio, son también una Iglesia misionera.

Queridos Hermanos en el Episcopado, el Obispo y sus sacerdotes están llamados a mantener estrechas relaciones de comunión, fundadas en su especial participación en el único sacerdocio de Cristo, aunque en grado diferente. También es de capital importancia una relación de calidad con los sacerdotes, que son vuestros principales e irrenunciables colaboradores. Al ver en su Obispo un padre y un hermano que los ama, los escucha y conforta en las pruebas, que presta una atención especial a su bienestar humano y material, se verán alentados a hacerse cargo plenamente de su ministerio de manera digna y eficaz. El ejemplo y la palabra de su Obispo es para ellos una valiosa ayuda para dar un espacio central en su ministerio a su vida espiritual y sacramental, animándoles a vivir y descubrir cada vez más profundamente que lo específico del pastor es ser ante todo una persona de oración, y que la vida espiritual y sacramental es una riqueza extraordinaria, que se nos da para nosotros mismos y para el bien del pueblo que se nos ha encomendado. Os invito, en fin, a poner una atención especial a la fidelidad de los sacerdotes y personas consagradas a los compromisos contraídos con su ordenación o entrada en la vida religiosa, para que perseveren en su vocación, con vistas a una mayor santidad de la Iglesia y la gloria de Dios. La autenticidad de su testimonio exige que no haya diferencia alguna entre lo que enseñan y lo que viven cotidianamente.

En vuestras diócesis, muchos jóvenes se presentan como candidatos al sacerdocio. Hemos de dar gracias al Señor por ello. Lo esencial es que se haga un discernimiento serio. Para eso, os animo, no obstante las dificultades organizativas en el plano pastoral que pudieran surgir, a dar prioridad a la selección y preparación de formadores y directores espirituales. Éstos han de tener un conocimiento personal y profundo de los candidatos al sacerdocio y ser capaces de asegurar una formación humana, espiritual y pastoral sólida, que haga de ellos hombres maduros y equilibrados, bien preparados para la vida sacerdotal. Vuestro constante apoyo fraterno ayudará a los formadores a desempeñar su tarea con amor por la Iglesia y su misión.

Desde los orígenes de la fe cristiana en Camerún, los religiosos y religiosas han dado una contribución fundamental a la vida de la Iglesia. Doy gracias a Dios con vosotros y me alegro del desarrollo de la vida consagrada entre los hijos e hijas de vuestro País, que ha permitido también manifestar los carismas propios de África en las comunidades nacidas en vuestro País. En efecto, la profesión de los consejos evangélicos es como «un signo que puede y debe atraer eficazmente a todos los miembros de la Iglesia a realizar con decisión las tareas de su vocación cristiana» (Lumen gentium, 44).

En vuestro ministerio de anunciar el Evangelio os ayudan también otros agentes de pastoral, especialmente los catequistas. En la evangelización de vuestro País han tenido y desempeñan todavía un papel determinante. Les agradezco su generosidad y fidelidad en el servicio a la Iglesia. Por medio de ellos se lleva a cabo una auténtica inculturación de la fe. Por tanto, su formación humana, espiritual y doctrinal es esencial. El apoyo material, moral y espiritual que los Pastores les ofrecen para cumplir su misión en buenas condiciones de vida y de trabajo, es también para ellos una expresión del reconocimiento por parte de la Iglesia de la importancia de su compromiso en el anuncio y el desarrollo de la fe.

Entre los muchos retos que encontráis en vuestra responsabilidad como Pastores, os preocupa particularmente la situación de la familia. Las dificultades, debidas de manera especial al impacto de la modernidad y la secularización en la sociedad tradicional, os impulsan a preservar con determinación los valores fundamentales de la familia africana, haciendo de su evangelización de manera profunda una de las principales prioridades. Al promover la pastoral familiar, os comprometéis a favorecer una mejor comprensión de la naturaleza, la dignidad y el papel del matrimonio, que supone un amor indisoluble y estable.

La liturgia ocupa un lugar importante en la expresión de la fe de vuestras comunidades. Por lo general, estas celebraciones eclesiales son festivas y alegres, manifestando el fervor de los fieles, felices de estar juntos, como Iglesia, para alabar al Señor. Es esencial, por tanto, que la alegría demostrada no sea un obstáculo, sino un medio, para entrar en diálogo y comunión con Dios a través de una verdadera interiorización de las estructuras y las palabras que componen la liturgia, con el fin de que ésta refleje realmente lo que sucede en el corazón de los creyentes, en una unión real con todos los participantes. Un signo elocuente de ello es la dignidad de las celebraciones, sobre todo cuando tienen lugar con gran afluencia de participantes.

El desarrollo de las sectas y movimientos esotéricos, así como la creciente influencia de una religiosidad supersticiosa y del relativismo, son una invitación apremiante a dar un renovado impulso a la formación de jóvenes y adultos, especialmente en el ámbito universitario e intelectual. A este respecto, quisiera felicitar y alentar los esfuerzos del Instituto Católico de Yaundé, y de todas las instituciones eclesiásticas cuya misión es hacer accesible y comprensible a todos la Palabra de Dios y las enseñanzas de la Iglesia. Me alegra saber que son cada vez más en vuestro País los fieles comprometidos en la vida de la Iglesia y la sociedad. Las numerosas asociaciones de laicos que florecen en vuestras diócesis, son signo de la acción del Espíritu en el corazón de los fieles y contribuyen a un renovado anuncio del Evangelio. Me complace destacar y alentar la participación activa de las asociaciones femeninas en diferentes sectores de la misión de la Iglesia, demostrando así una toma de conciencia real de la dignidad de la mujer y de su vocación específica en la comunidad eclesial y en la sociedad. Doy gracias a Dios por la voluntad que muestran los laicos en vuestras comunidades de contribuir al futuro de la Iglesia y al anuncio del Evangelio. Por los sacramentos de la iniciación cristiana y los dones del Espíritu Santo, tienen la capacidad y el compromiso de anunciar el Evangelio, sirviendo a la persona y a la sociedad. Os animo encarecidamente a perseverar en vuestros esfuerzos por ofrecerles una sólida formación cristiana que les permita «desarrollar plenamente su papel de animación cristiana del orden temporal (político, cultural, económico, social), que es compromiso característico de la vocación secular del laicado» (Ecclesia in Africa, n. 75).

En el contexto de la globalización que bien conocemos, la Iglesia tiene un interés particular por los más necesitados. La misión del Obispo le lleva a ser el principal defensor de los derechos de los pobres, a favorecer y promover el ejercicio de la caridad, que es una manifestación del amor del Señor por los pequeños. De esta manera, se ayuda a los fieles a comprender concretamente que la Iglesia es una verdadera familia de Dios, reunida en amor fraterno, lo cual excluye todo tipo de etnocentrismo y particularismo excesivo, y contribuye a la reconciliación y la colaboración entre los grupos étnicos para el bien de todos. Por otra parte, la Iglesia, mediante su doctrina social, quiere despertar la esperanza en el corazón de los excluidos. Y es también un deber de los cristianos, especialmente de los laicos que tienen responsabilidades sociales, económicas o políticas, dejarse guiar por la doctrina social de la Iglesia, con el fin de contribuir a la construcción de un mundo más justo, en el que todos puedan vivir dignamente.

Señor Cardenal, queridos Hermanos en el Episcopado, al término de nuestro encuentro, quisiera manifestar una vez más mi alegría por estar en vuestro País y encontrar al pueblo camerunés. Os agradezco vuestra calurosa bienvenida, signo de la generosa hospitalidad africana. Que la Virgen María, Nuestra Señora de África, vele por todas vuestras comunidades diocesanas. A Ella confío a todo el pueblo de Camerún, y os imparto de corazón una afectuosa Bendición Apostólica, que hago extensiva a los sacerdotes, religiosos y religiosas, catequistas y a todos los fieles de vuestras diócesis.


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VIAJE APOSTÓLICO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI A CAMERÚN Y ANGOLA



CEREMONIA DE BIENVENIDA

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Aeropuerto internacional Nsimalen de Yaundé
Martes 17 de marzo de 2009


Señor Presidente,
distinguidas Autoridades Civiles,
señor Cardenal Tumi,
queridos hermanos en el Episcopado,
hermanos y hermanas:

Gracias por la bienvenida que me han dispensado. Gracias, Señor Presidente, por sus amables palabras. Aprecio mucho la invitación a visitar Camerún, y por ello le doy las gracias, así como al Presidente de la Conferencia Episcopal Nacional, Arzobispo Tonyé Bakot. Saludo a todos los que me habéis honrado con vuestra presencia en esta ocasión, y deseo que sepáis la alegría que da el estar aquí, en tierra africana, por primera vez desde mi elección a la Sede de Pedro. Saludo con afecto a mis hermanos Obispos así como al clero y a los fieles laicos aquí presentes. Mi saludo deferente se dirige también a los representantes del Gobierno, a las autoridades civiles y al cuerpo diplomático. Ya que este país, como muchos otros en África, se está acercando al cincuenta aniversario de su independencia, deseo unir mi voz al coro de felicitaciones y buenos augurios que vuestros amigos de todo el mundo os harán llegar en esta feliz conmemoración. Aprecio mucho también la presencia de miembros de otras confesiones cristianas así como fieles de otras religiones. Al uniros a nosotros ofrecéis un signo claro de la buena voluntad y armonía que existe en este País entre las personas de tradiciones religiosas diferentes.

Vengo a estar con vosotros como pastor. Vengo para confirmar a mis hermanos y hermanas en la fe. Éste fue el papel que Cristo confió a Pedro en la Última Cena, y éste es también el papel de los sucesores de Pedro. Cuando Pedro predicó a la multitud en Jerusalén el día de Pentecostés, había allí peregrinos venidos de África. Después, el testimonio de muchos grandes santos de este continente durante los primeros siglos del cristianismo –como san Cipriano, santa Mónica, san Agustín, san Atanasio, por nombrar sólo algunos– pone a África en un puesto destacado en los anales de la historia de la Iglesia. Muchedumbres de misioneros y mártires han dado testimonio de Cristo por toda África, también hasta nuestros días, y hoy la Iglesia aquí es bendecida con la presencia de ciento cincuenta millones de fieles aproximadamente. Por tanto, es muy apropiada la decisión del Sucesor de Pedro de venir a África para celebrar con vosotros la fe vivificante en Cristo, que sostiene y alimenta a tantos hijos e hijas de este gran Continente.

En 1995, aquí en Yaundé, mi venerado predecesor, el Papa Juan Pablo II promulgó la Exhortación Apostólica Post-Sinodal Ecclesia in Africa, fruto de la Primera Asamblea Especial para África del Sínodo de Obispos, que tuvo lugar en Roma un año antes. No hace mucho tiempo, y también en esta misma ciudad, se celebró con gran solemnidad el décimo aniversario de aquel momento histórico. He venido aquí para presentar el Instrumentum Laboris de la Segunda Asamblea Especial, que tendrá lugar en Roma el próximo mes de octubre. Los Padres del Sínodo reflexionarán juntos sobre el tema: «La Iglesia en África al servicio de la reconciliación, la justicia y la paz: “Vosotros sois la sal de la tierra... Vosotros sois la luz del mundo” (Mt 5,13-14)». Después de casi diez años del nuevo milenio, este momento de gracia es un llamamiento a todos los Obispos, sacerdotes, religiosos y fieles laicos del Continente, a entregarse de nuevo a la misión de la Iglesia para llevar la esperanza a los corazones del pueblo de África, y con ello también a los pueblos de todo el mundo.

También en medio del mayor sufrimiento, el mensaje cristiano lleva siempre consigo esperanza. La vida de santa Josefina Bakhita ofrece un espléndido ejemplo de la transformación que el encuentro con el Dios vivo puede producir en una situación de gran penalidad e injusticia. Ante el dolor o la violencia, ante la pobreza o el hambre, la corrupción o el abuso de poder, un cristiano nunca puede permanecer callado. El mensaje de salvación del Evangelio debe ser proclamado con brío y claridad, de modo que la luz de Cristo pueda brillar en la oscuridad de la vida de las personas. Aquí en África, como en tantas partes del mundo, un sinfín de hombres y mujeres anhelan oír una palabra de esperanza y consuelo. Los conflictos locales dejan a millares sin hogar e indigentes, huérfanos y viudas. En un Continente que en al pasado ha visto tantos de los suyos raptados cruelmente y llevados a ultramar a trabajar como esclavos, el tráfico de seres humanos, especialmente de mujeres y niños indefensos, se ha convertido en una forma moderna de esclavitud. En tiempo de escasez global de alimentos, de desbarajuste financiero, de modelos alterados del cambio climático, África sufre en mayor proporción: cada vez más habitantes termina siendo víctima del hambre, de la pobreza y la enfermedad. Ellos imploran a gran voz reconciliación, justicia y paz, y esto es lo que la Iglesia les ofrece. No nuevas formas de opresión económica o política, sino la libertad gloriosa de los hijos de Dios (cf. Rm 8, 21). No imposición de modelos culturales que ignoran el derecho a la vida de los niños no nacidos, sino el agua pura y sanadora del Evangelio de la vida. No amargas rivalidades interétnicas o interreligiosas, sino la rectitud, la paz y la alegría del Reino de Dios, tan propiamente descrito por el Papa Pablo VI como la «civilización de amor» (cf. Regina Caeli, domingo de Pentecostés, 1970).

Aquí en Camerún, donde más de un cuarto de la población es católica, la Iglesia está bien preparada para llevar adelante su misión de salvación y reconciliación. En el Centro Cardenal Léger podré observar personalmente la solicitud pastoral de esta Iglesia por los enfermos y los que sufren; y es particularmente encomiable que se cure gratuitamente a los enfermos del sida. Otro elemento clave del ministerio de la Iglesia es el compromiso educativo, y ahora vemos cómo los esfuerzos de generaciones de maestros misioneros han dado su fruto en la obra de la Universidad Católica para África Central, un signo de gran esperanza para el futuro de la región.

En efecto, Camerún es una tierra de esperanza para muchos en África Central. Miles de refugiados de los países de la región, desgarrados por la guerra, han encontrado acogida aquí. Es una tierra de vida, con un Gobierno que habla claramente en defensa de los derechos de los no nacidos. Es una tierra de paz, resolviendo mediante el diálogo el contencioso sobre la península de Bakassi, Camerún y Nigeria han mostrado al mundo que la diplomacia paciente puede efectivamente dar fruto. Es una tierra de juventud, bendecida con una población joven llena de vitalidad e impaciente de construir un mundo más justo y pacífico. Ha sido descrita justamente como un «África en miniatura», la patria de más de doscientos grupos étnicos diferentes, que conviven en armonía unos con otros. Todo esto son motivos para alabar y dar gracias a Dios.

Al estar hoy con vosotros, pido para que la Iglesia, aquí y en toda África, siga creciendo en santidad, en su servicio a la reconciliación, la justicia y la paz. Rezo para que los trabajos de la Segunda Asamblea Especial del Sínodo de Obispos alienten sobre el fuego de los dones que el Espíritu ha derramado sobre la Iglesia en África. Ruego por cada uno de vosotros, por vuestras familias y seres queridos, y os pido que os unáis a mí en la oración por todos los habitantes de este inmenso Continente. Que Dios bendiga a Camerún. Que Dios bendiga a África.


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